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G. Grah y A. Kuma. Historia del cerebro en metáforas

Revista Mente y Cerebro, nª 71 03/2.015. Págs. 86-90

(Metáfora una expresión que se utiliza para ilustrar un concepto o un objeto, no en su sentido literal, sino en sentido figurado). Calculadora, red, nube de datos. Según la técnica imperante en cada época, se ha utilizado una u otra metáfora para describir el cerebro y su funcionamiento. Las comparaciones figurativas allanan la comprensión de este órgano tan complejo, mas no duran para siempre.
1. Desde la antigüedad, filósofos y científicos tratan de describir el funcionamiento del cerebro humano con símiles figurativos.
2. Las metáforas en torno al cerebro son hijas de su tiempo: se inspiran en los avances técnicos de cada época y dejan su impronta en la idea sobre la mente humana.
3. Las comparaciones metafóricas contribuyen a la comprensión de la complejidad del cerebro. Sin embargo, en la medida en que subrayan una propiedad, sustraen otros aspectos que pueden ser igual de esenciales.
El cerebro posee una capacidad asombrosa: puede detectar paralelismos entre objetos o conceptos completamente distintos. Esa habilidad resulta esencial para extrapolar desde una situación a otra y orientarse en condiciones cambiantes. De esta manera, nuestra mente trata de comprender y clasificar un fenómeno a partir de conclusiones por analogía. Ese empeño también sucede en el terreno de la neurociencia.
Hoy en día se personifica al cerebro: es un órgano que tiene intenciones, deseos y planes. Pero no siempre ha sido así. A lo largo de la historia, las metáforas han mostrado ser medios valiosos en el intento de penetrar en el cerebro. Los sistemas creados por el hombre, pero también en ocasiones los fenómenos naturales, han servido de material de ilustración. En el antiguo Egipto surgió una de las primeras metáforas técnicas en torno al cerebro: su superficie tan plegada recordaba a las personas de aquel entonces la escoria resultante como residuo de la fundición del metal. A su semejanza, consideraban que el tejido que albergaba el cráneo era inútil. Se atribuía mayor importancia a las meninges, posiblemente a raíz de las operaciones cerebrales sencillas que se practicaban en aquella época y que revelaban que las deformaciones de las meninges persistían tras una lesión.
A medida que se desarrollaba la ciencia, aparecían nuevas metáforas que se antojaban más apropiadas. La escuela del médico y erudito griego Hipócrates consideraba el cuerpo humano como un sistema controlado por fluidos. En él se mezclaban la bilis negra y la amarilla, la flema y la sangre. Si la relación de estos humores corporales se desequilibraba, aparecían las enfermedades físicas y mentales.
En ese período, los ingenieros construían sofisticados dispositivos hidráulicos que presentaban huecos. Por ese motivo, a los griegos, como ya antes a los egipcios, la masa cerebral les parecía carente de interés. Creían que eran las cámaras cerebrales llenas de líquido, los ventrículos, las que desempeñaban un papel mayor en las funciones mentales. En el Renacimiento, los conocimientos técnicos de los antiguos griegos volvieron a ponerse en circulación en Europa central, y sus metáforas cerebrales dominaron aún al principio de la Era/Moderna.
René Descartes (1596-1650) también veía en los nervios eferentes, que llevan las órdenes desde cerebro a los músculos, un sistema hidráulico en funcionamiento, mientras que describía las vías nerviosas aferentes sensoriales como hilos por cuya tensión llegaban al cerebro los estímulos sensoriales. De la misma manera que los griegos, analizaba los procesos cognitivos en los ventrículos, que complementaba con unas válvulas, y definía la glándula pineal como órgano de control del alma. Aunque Descartes edificó sus conocimientos sobre una metáfora antigua, anunció el comienzo de una nueva era: su comparación del cuerpo humano con máquinas construidas por el hombre dejó huella hasta nuestra época actual.
En el siglo XVII dominaban las descripciones del cerebro como un sistema mecánico. Los movimientos y las vibraciones de partículas formaban la base de los procesos de pensamiento. De esta manera, la interacción de diferentes vibraciones conducía a asociaciones y nuevas ideas. El filósofo británico Herbert Spencer abogaba por esta representación aún en el siglo XIX. Comparaba los nervios con cuerdas de piano que el espíritu hacía vibrar. Esta idea resulta todavía popular entre los neurocientíficos actuales, aunque hoy se piensa más bien en las oscilaciones de la actividad eléctrica de las neuronas.
Hasta el siglo XX, las metáforas siguieron inspirándose en los sistemas mecánicos. El neurofisiólogo británico y premio nobel de medicina Sherrington (1857-1952) comparaba el funcionamiento del cerebro con el de un telar encantado “en el que millones de lanzaderas relampagueantes tejen un patrón que se deshace”.
Los aparatos constituyen desde siempre una fuente fecunda de metáforas. No obstante, a causa del progreso técnico, deben actualizarse de manera periódica. El filósofo lohn Searle, nacido en 1932, afirmó en una ocasión: “Durante mi infancia siempre se nos aseguraba que el cerebro era una centralita telefónica”. ¿Quién querría describir aún hoy el refugio del saber, la personalidad y todas las facultades mentales con una técnica de ayer
El cerebro y sus funciones pueden ilustrarse no solo con metáforas técnicas. La teoría de la evolución de Charles Darwin (1809-1882) y Alfred Wallace (1823-1913) permitió poner en relación organismos simples con otros altamente evolucionados. Una vez que se descubrieron en el tejido embrionario células nerviosas versátiles, la idea de unidades individuales que forman y disuelven conexiones proporcionó una base orgánica para explicar la memoria y el olvido, la creatividad y la actividad mental. El neurocientífico Von Braitenberg (1926-2011) veía en el comportamiento de los organismos más simples el fundamento de funciones cerebrales complejas. Con ello se situaba en una tradición metafórica que floreció en el siglo XIX: los pólipos y las medusas con sus tentáculos proporcionaban una imagen gráfica para el cerebro en intercambio recíproco con su entorno.
Esas metáforas no surgieron en competencia con las representaciones técnicas. Más bien coexistían, pues ilustraban diferentes aspectos del sistema nervioso. De este modo, emergía una rama de metáforas completamente nueva; cada una de estas generaba hipótesis detalladas sobre el funcionamiento del cerebro.
Una representación metafórica del cerebro importante y que aún hoy se usa con frecuencia es la del ordenador. El filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) presuponía que todas las verdades de razón podían reducirse a una forma de cálculo matemático.Doscientos cincuenta años después, la técnica y la ingeniería se aproximaron a las ideas del filósofo: las calculadoras electrónicas dominaban ahora los secretos de la lógica. La metáfora del ordenador se beneficiaba también de las semejanzas en la función de los “componentes”, es decir, de las similitudes entre los transistores y las sinapsis: ambos emplean señales eléctricas. Es casi obvio que el cerebro se conciba como una calculadora.
Junto a la informática, la investigación cerebral se inspiró, ante todo, en la cibernética. Esta última investiga la regulación de los sistemas, que pueden estar formados por dispositivos automáticos, organismos o grupos de individuos. La cibernética suministra métodos matemáticos para comprender las conexiones entre un estímulo y la respuesta al mismo, así como los procesos cognitivos mediadores. Según esta perspectiva, el cerebro aparece como un sistema dinámico que puede estudiarse con los métodos clásicos de la termodinámica, la mecánica newtoniana y la teoría de circuitos de control. Es decir, su trabajo se basa en la interacción de diferentes áreas cerebrales.
La estadística contribuyó a revelar principios de procesamiento de la información. El cerebro se enfrenta a diario con el problema de que no puede confiar al cien por cien en las informaciones de los órganos sensoriales. Los estímulos del entorno no siempre llegan bien ordenados, pueden interferir unos con otros o ser incompletos, y los mismos órganos de los sentidos mezclan ruido estadístico en las señales. Por ello, el cerebro no puede elaborar proposiciones completamente seguras sobre el mundo, sino solo conjeturas justificadas para hacer predicciones y tomar decisiones. Los métodos estadísticos, como el teorema de Bayes, proporcionan en tales casos un valor de probabilidad para atribuir a una observación un hecho determinado.
La informática, la cibernética y la neurociencia no iban a unificarse en el siglo XX, pero al menos encontraron cierta afinidad. Las tres ciencias tratan de descubrir los principios del procesamiento de la información. De esta manera, surgió una rama totalmente novedosa de metáforas. Cada una de estas proporcionaba hipótesis detalladas sobre el funcionamiento del cerebro. De este modo, las metáforas cerebrales adoptaban un nuevo papel: no solo servían de muleta en la que apoyarse para hablar de un asunto intangible, sino que también proporcionaban ideas para experimentos específicos.
El triunfo del ordenador provocó que casi se hundiese una metáfora: el cerebro como red. A finales del siglo XIX, cuando el neurocientífico español y premio nobel de medicina Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) analizó la mícroestructura cerebral se confirmó que se trataba de un sistema de células nerviosas entrelazadas. Al mismo tiempo, las líneas telegráficas se extendían por el continente como una red. Sin embargo, la metáfora de la computadora había ganado tal potencia (pese a que ignoraba una gran parte de la complejidad biológica del cerebro), que la imagen de la red apenas se tuvo en consideración hasta comienzos del siglo XXI.
A partir del decenio pasado, cambió el panorama, El concepto de red conquistó numerosas esferas del conocimiento: desde la mecánica cuántica hasta la sociología. El éxito de Internet puede haber impulsado la popularidad de esta metáfora. Este enfoque ha inspirado sobre todo métodos con los que investigar las relaciones entre la actividad de las células nerviosas y las delicadas estructuras reticulares del cerebro.
Sin embargo, el interés por la computación en la nube, es decir, por la distribución de la capacidad de procesamiento y de memoria en toda una “nube” de ordenadores, puede provocar que pronto se desvanezca otra vez la metáfora de la red. El interés recaerá entonces en el hecho de que ningún área del cerebro produce por sí sola un rendimiento cognitivo, por tanto, es inútil asignar capacidades y propiedades exclusivas a regiones determinadas del cerebro. Los neurocientíficos se preguntarán, sobre todo, cómo se distribuyen las informaciones de los órganos de los sentidos de forma rápida y eficiente en las distintas áreas cerebrales y el modo en que se combinan después de su procesamiento.
Karl Príbrarn, de la Universidad de Georgetown, desarrolló en 1969 otra imagen audaz: el cerebro holográfico. Los hologramas son patrones de interferencia que se componen de diversas ondas luminosas de diferentes fases y frecuencias. Poseen una gran capacidad para almacenar informaciones. El cerebro y el holograma se asemejan en sus capacidades de almacenamiento y procesamiento, además de en su robustez frente a los daños. Sin embargo, la metáfora del holograma de Pribram apenas logró aceptación.
¿Y hoy? La historia de la neurociencia sugiere que también las metáforas de la red y el ordenador darán lugar a nuevas imágenes. Todavía no podemos atisbar cuáles van a ser. Pero una cosa es segura: también entonces las metáforas contribuirán a que hagamos que el cerebro resulte más comprensible.
Sin embargo, surge un peligro: en tanto que las metáforas subrayan siempre un solo aspecto, alejan la atención de otros que quizá sean igual de importantes. Kathleen Slaney y Michael Maraun, de la Universidad Simon Fraser de Burnaby, hablan incluso de un “amo de las metáforas”. Los psicólogos critican que algunas analogías lingüísticas son ilógicas, difuminan las fronteras entre el cerebro y su propietario o crean más confusión que claridad. Cuando los investigadores hablan de mapas, códigos y representaciones eluden la cuestión central de quién piensa y actúa. Slaney y Maraun temen que de esa manera, aunque sea de forma involuntaria, continúe viva la idea de que tenemos un “hombrecillo” en la cabeza, el homúnculo.
Sin embargo, las metáforas introducidas de modo consciente pueden enriquecer la discusión sobre un fenómeno que resulta difícil de comprender. Incluso pueden impulsar experimentos novedosos. Por consiguiente, las metáforas ejercen más que de muletas mentales en las que necesitamos apoyamos mientras no hayamos comprendido ciertas cuestiones por completo. Deberíamos sacar el mayor provecho posible de la abundancia de imágenes lingüísticas y, con su ayuda, hablar del cerebro en toda su diversidad.
Gunnar Grah es doctor en biología y responsable de relaciones públicas del Centro Bernstein de Friburqo y del Grupo de Excelencia BrainLinks-BrainTools de la Universidad de Friburqo. Arvind Kumar dirige equipos de investigación en el Centro Bernstein de Friburqo.

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