Instituto Ananda
Psicologia / Psicoterapia
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Claudio Naranjo
Las perturbaciones del amor

EL MISTERIO INNOMINADO

Después de terminar una charla acerca de
«los males del amor y los males del mundo»
en la Universidad de Deusto, hace ya algunos meses,
uno de los asistentes me objetó no haber ofrecido
una definición del amor.

Tras haber hablado durante más de una hora sobre
lo que no es el amor, pensé:
¿No ha valido acaso esto más que una definición?
¿No ha sido más elegante dejar el misterio innominado,
sin entrar en argucias racionalistas?
y me contuve de responder:

«¿Acaso se da una definición de Dios en los Evangelios?»

Si no se equivoca San Juan al afirmar que Dios es amor,
ciertamente la tarea de una definición preliminar no es sencilla.

Me viene a la memoria la reflexión de Idries Shah acerca de
un hombre que en señaba que el «árbol era bueno».
Había decidido que toda perfección y belleza estaba contenida en el árbol,
que daba fruta, refugio y materia prima para artesanías, sin plantear exigencias.
Sus seguidores amaron los árboles y los adoraron en bosques y selvas
durante diez mil años, y comenta Shah que esta gente confundía lo inmediato
con lo real, en forma semejante a como el hombre se confunde acerca del amor
en sus ideas actuales: «Sus ideas más sublimes del amor, si sólo lo supiera,
pueden tenerse por las más bajas de las percepciones posibles del
amor verdadero.»

Por más que no intente una definición del amor que aspire a apuntar
su naturaleza íntima, me parece oportuno observar que, si es legítimo concebir
el amor como algo más allá de sus diferentes formas, será éste algo
común en una serie de experiencias diferentes que no vacilamos en
denominar así. ¿Qué es aquello que tienen en común el amor entre los sexos,
el amor maternal, el amor admirativo a un amigo y la benevolencia para
con un compañero de trabajo o de curso?

Me limitaré a señalar que tres experiencias, tres diferentes amores
-la atracción erótica, la benevolencia y la admiración-, constituyen, en sus
transformaciones y variadas combinaciones, manifestaciones
incuestionables de la vida amorosa. Si queremos ir más allá, sólo podemos
recurrir a palabras como «afirmación» o «valoración» que nos quedan cortas
a pesar de que no tengamos nada mejor.

Ciertamente, el amor sobre el que versa tan alta. proporción de la literatura
y el cine no es el mismo amor al que se refiere el mandamiento cristiano
de amar al prójimo como a nosotros mismos. Por lo menos, hay un énfasis
lo suficientemente diferente como para que los filósofos del amor hayan
siempre distinguido entre amor propiamente dicho y caritas,
o -pasando del latín al griego- eros y agape: un amor que se asocia a la
sexualidad y se expresa sobre todo en la atracción mutua de los sexos, y otro
amor independiente de la sexualidad, cuya manifestación prototípica está
en la relación alimenticia madre-hijo. Independientemente de que existan
relaciones amorosas en las que ambos ingredientes están presentes, e
independientemente también de que haya relación entre estos dos amores
(de modo que la compasión pueda alimentarse de la sexualidad, como en
el camino tántrico), es cierto que ambos son fenómenos posibles de encontrar
en relación de independencia o antagonismo -como típicamente en la cultura
cristiana, en la cual el principio agape se da en un contexto ascètico.
Pero esta dualidad no abarca la gama completa del amor.

Si el amor compasivo, eco del amor maternal, es un amor que da,
y el amor erótico puro es un amor-deseo, que anhela recibir,
hay también un amor-adoración que tanto da como recibe:
otorga su afirmación a lo amado y se alimenta de los destellos de la divinidad
que con su acto de adoración descubre y, a su vez, nutre.

Dice Hubert Benoit que el amor-adoración entraña siempre -en mayor o
menor grado la proyección sobre un tú de la imagen de lo divino.
Concuerdo, pero no comparto con él la identificación del amor-adoración
con el amor erótico, por más que constituya la esencia del enamoramiento

Pienso más bien que el enamoramiento constituye el resultado de una
convergencia entre lo erótico y lo admirativo, y que el amor admiración tiene
su forma prototípica en la relación del niño pequeño consu padre más que
con su madre (ante la cual su experiencia es más bien de amor.:placer o eras,
que es un amor-recibir).
También del amor socrático al sumum bonum se puede decir que es un híbrido
de apreciación de la sabiduría y atracción erótica. El amor-admiración
particularmente presente en ese amor masculino que Platón llamaba philia
no se alimenta necesariamente de eros, como demuestra la devoción a un
maestro espiritual o aquello sobre lo cual Nietzsche ha llamado la atención:
«La mujer ama al hombre y el hombre ama a Dios.»

Hay una verdad en todo esto, por cuanto existe un amor que entraña un don
desinteresado de sí, un amor a algo que no es ni uno mismo (como el
amor-deseo) ni el otro (como el amor-dar), y que se puede llamar
«amor a Dios» en un amplio sentido de la expresión ya se trate de amor
a la belleza, a la justicia, al bien o a la vida.

Eros (o amor-deseo), caritas (o amor-dar) y philía (o amor-admirativo)
pueden caracterizarse como ámor de hijo, amor de 'madre y amor de padre,
y se relacionan predominantemente con la primera, segunda y tercera persona
que distingue la estructura de nuestro lenguaje:
el amor deseo, con su anhelo de recibir, privilegia al yo, en tanto que el amor
ágape es un amor al tú, y el amor-admiración proyecta la experiencia de
valoración más allá de la experiencia del yo-tú,en una personificación de lo
trascendente o una simbolización del valor puro: EL.

Se puede también decir que el amor al yo acoge al animal interior que hay
en nosotros, criatura de deseos, mientras que el amor al tú encara al prójimo
como persona o ser humano y el amor-admiración encuentra su verdadero
objeto en lo divino ,ya sea, en una dimensión universal o en la experiencia
de la divinidad encarnada.

Igualmente, puede decirse que el amor al yo animal se relaciona con
nuestro instinto de conservación, nuestro amor humano o nuestro amor
al tú constituye el florecimiento de la sexualidad, y nuestro amor a los
valores supremos enlaza no sólo con lo patemo, sino con el proceso de
socialización y el instinto social de relación propiamente dicho.

Es claro que cada uno de estos tres amores puede degenerar.
Así pues, junto al eras que los griegos aptamente personificaron en un dios,
hay un erotismo carencial que más que instinto merece ser entendido
como un derivado instintivo o un reflejo de la instintividad:
una búsqueda del placer motivada por la dificultad de encontrarlo;
un hedonismo que encubre y quiere compensar una infelicidad.
Podemos caracterizar este exceso y falsificación del eras como un
amor irresponsable.

Freud identifica eras y libido, pero dado el uso corriente del término «libido»
para significar el combustible psíquico de la neurosis -ese «amor al revés»
que se busca a sí mismo en la oscuridad más valdría reservar eros para el
amor propiamente dicho, que es gesto de abundancia y fenómeno de
rebosamiento que acompaña la plenitud del ser. El niño va del amor-recibir
hasta la capacidad de dar, o por lo menos podemos suponer que éste es el
desarrollo sano; en la mayoría de los casos, sin embargo el individuo queda
fijado en la necesidad: la frustración temprana se hace crónica y acapara
las energías psíquicas del adufto.

Porque no sabe lo que es recibir, la persona no sabe dar
El amor-recibir o libido, entonces, no sólo absorbe el eras del amor-placer,
sino que eclipsa al amor-dar y al amor-admiración. El amor al prójimo,
por su parte, nos es particularmente conocido a través de su forma
degradada: la hipocresía. y el mal amor siempre entraña un aspecto de
falsificación; un pasar una cosa por otra, diciendo «esto es amor».
Pero aparte de su aspecto de falso amor, el amor entraña también un antiamor:
una voracidad explotadora. La falsificación del amor supone una ilusión
particular a la sobreidentificación del amor con alguna otra experiencia
asociada y sobrevalorada como el placer, lo admirable, el don de
la propia subordinación

El amor-admiración, a su vez, es raíz de excesos comparables cuando el nomos
o norma moral amorosa se transforma en legalismo autoritario. Por más
que se hable de amor a Dios o a la patria, en realidad se habla en el nombre
del amor con la voz de la obligación. Alimentan tal amor obligatorio los
movimientos sociales y las ansias individuales de poder.

Tan notorias como los excesos sociales del amor-recibir, el amor-dar
y el amor-admiración son, naturalmente, las insuficiencias.
En tanto que en la ley mosaica el primer y más importante precepto es el de
amar a Dios, no hay lugar para el amor a Dios en la psicología científica,
que apenas acepta el concepto «amar» en su vocabulario (prefiriendo
conceptos objetivos tales como «reforzamiento emocional positivo»).

Tal vez Dios nos ha llegado a parecer irrelevante tras siglos de nombrarlo
en vano y de degradar su idea por medio de la asociación con
instituciones religiosas autoritarias fosilizadas. Por ello quiero afirmar mi
convicción de que la salud emocional implica un «amor a Dios» en el sentido
amplio de la palabra, independientemente de toda ideología y
compatible aun con el agnosticismo.

Cuando, por ejemplo, alguien preguntó al viejo Buber si creía en Dios,
respondió algo así como: «Si Dios es algo independiente de mí, no lo sé;
si es alguien con quien puedo entrar en relación, sí»
El mandamiento cristiano de «amar al prójimo como a uno mismo, y a
Dios por encima de todas las cosas» no se refiere en verdad a un solo amor,
sino a un equilibrio entre tres amores: al YO, al TU, y al EL
y no se trata de amar al prójimo más que a uno mismo, sino de aIliar al
ser humano -tanto en el otro como en uno mismo- y más aún lo sobrehumano.

Ciertamente, muchos fallan en este principio espiritual por egoísmo o escaso
amor al prójimo. Más que un hermano, el otro pasa a ser un extraño que se
ignora, utiliza o combate. Hay en este amor una pérdida del tú, una pérdida
de la capacidad de sentir al otro como sujeto.

Parecería que la esencia del egoísmo fuese el amor a uno mismo;
pero si examinamos de cerca la situación psicológica del egoísmo, vemos
que entraña sobre todo una apasionada búsqueda de sustitutos del yo y
del amor. Más que una forma de amor a sí mismo es resultado de un implícito
rechazo de sí mismo; porque el egoísta no se ama a sí mismo, necesita
llenar ese vacío con una exaltación de deseos secundarios.

La condición de amistad o benevolencia consigo mismo es algo diferente del
instinto: no impulso, sino afirmación generosa del impulso;
no motivación animal, sino íntima experiencia humana.
Pero no sólo se falla en lo relativo al amor humano, particularmente en
nuestro mundo secular. Pienso que un aspecto fundamental de las muchas
condiciones patológicas es la pérdida de ese amor que está más allá del amor
al prójimo y del amor a uno mismo, y que es algo así como un arder de la
chispa divina que está dentro de nosotros, amándose.

De este amor sin objeto o cuyo objeto es infinito deriva en gran parte la
densidad de sentido de la vida, su «significado», más "allá de toda razón y
emociones interpersonales. Parte de mi análisis del «mal amor»
-como lo llamaría el Arcipreste- consistirá en una consideración de los
diversos caracteres en términos de los tres amores:
un amor paterno (philia, orientado hacia lo divino),
un amor maternal (agape, proyectado sobre el prójimo)
y un amor de hijo (eros, centrado en el deseo).

El resto de este ensayo consistirá en un tratamiento más amplio de cómo
el amor en cada uno de los estilos neuróticos se ve obstaculizado,
falsificado o traicionado.

Proponía Santo Tomás distinguir en el pecado esos aspectos que -designó como
aversio y conversio: alejamiento de Dios y atracción exagerada del mundo.

Como eco de ese pensamiento encontramos en la Divina Comedia de Dante
la doctrina de que cada uno de los pecados capitales entraña una diferente
desviación del amor -los pecados son para él formas de amor que, cegadas
de su verdadero objeto y de sí mismos, se apasionan con reflejos,
ilusiones y espejismos.

Aunque mi intención de tratar los males del amor a la luz de los pecados
tal vez no sea nueva para quienes recuerdan la doctrina qué Dante pone en
boca de Virgilio en el cuarto círculo del purgatorio, mi tema será el recíproco:
el de cómo las motivaciones neuróticas constituyen un obstáculo para el amor;
es decir, cómo esos patrones fundamentales de la personalidad que
reconocemos como caracteres básicos (con rasgos que van desde lo postural
y motriz hasta las formas del pensar) se manifiestan en términos de amor.

Con la experiencia que me ha dado la profesión de psicoterapeuta,
entonces me propongo tratar cómo en cada una de las neurosis de carácter
se ve el amor impedido y falsificado y cuáles son sus consecuencias
problemáticas.

En este extracto del libro de Claudio hemos incluido
cinco carácteres: El triángulo 2-5-8, y los rasgos 1y 7.

ENEATIPO II. AMOR-PASIÓN

Entrando ya propiamente en el tema de este capítulo, resulta apropiado comenzar el
recorrido de los caracteres por el segundo de los eneatipos ya que, así como los orgullosos
están entre los que parecen más inocentes de todo pecado en la apreciación ordinaria,
son los que menos problema tienen en ser amorosos. Justamente constituyen el más «amoroso»
de los caracteres. El hecho de que algunos caracteres sean más o menos «amorosos», sin embargo,
no se debe a que tengan mayor o menor capacidad de amar en el más profundo de los sentidos.

Partamos de la premisa de que la salud mental -y la capacidad de amar que conlleva- se ve interferida por
patologías del carácter de equivalente seriedad. Es natural que los caracteres seductores se muestren más
amorosos, ya que en ellos está en primer plano la falsificación del amor. El que los orgullosos
parezcan no tener problemas en ser amorosos no significa que no tengan problemas con el amor.

Una característica diagnóstica de la personalidad histriónica
(forma más aberrante del orgullo) es su inestabilidad amorosa, ligada
a su vez a la inestabilidad y superficialidad de sus tan manifiestas e intensas
emociones. Aunque estoy seguro que"llegan a la psicoterapia menos
orgullosos que personas con otros caracteres (a excepción de los lujuriosos),
el motivo más común de que recurran a la ayuda profesional es, justamente,
el de los problemas en el amor.
¿ Cómo puede ser esto así, dada su disposición cariñosa?
Quizá por el alto precio que entraña su cariño, precio que pone de manifiesto
su condicionalidad. En tanto que la persona con este carácter seductor
se esmera en oÍrecer un amor maravilloso, único y extraordinario, sus
aparentemente reducidas exigencias son también extraordinarias,
particularmente la que concierne al amor.

Las necesidades neuróticas no se sacian en el mundo real, porque su
naturaleza pasional es la de un pozo sin fondo. Aun en la situación ideal de
encontrarse con un amor verdadero, la persona orgullosa puede ser lo
suficientemente difícil como para poner su relación en crisis;
puede ser demasiado invasora, por ejemplo, o demasiado celosa, o muy
infantil, irresponsable o inconsecuente. Tanto más es así en aquella situación
en la que junto al amor aparecen las necesidades neuróticas y rasgos
egoicos del otro. El orgulloso espera siempre un lecho de rosas, y las
críticas, la impaciencia, el enojo y otras reacciones naturales ante sus propios
defectos constituirán no sólo heridas a su sensibilidad sino,fundamentalmente,
heridas a su imagen: idealizada, maravillosa, siempre deleitable e incomparable.

Tales frustraciones, naturalmente, serán factores de desenamoramiento y
poco le interesa al carácter apasionado del eneatipo II una relación
sin enamoramiento. De ahí el patrón característico de una búsqueda
apasionada del amor que va de relación en relación, -terminando cada vez
en desencanto o aburrimiento; lo suficiente para que su anhelo de amor,
no colmado, busque nuevo objeto.
No sólo las frustraciones, conscientemente reconocidas o no,
de la vida cotidiana contribuyen al deterioro de las relaciones amorosas:
también entra en juego aquello que resulta tan manifiesto en la vida de
aquel notorio amante de la -historia que fue Jacobo Casanova.
El propio relato de sus aventuras innumerables nos hace presente que no es
sólo el fracaso en el amor lo que le impulsa a la aventura sino el hecho de
que no busca una vida amorosa, sino la conquista en sí.

Quien alimenta su orgullo de triunfos amorosos no se satisface por mucho
tiempo con la demostración de que el objeto de su interés termine
rindiéndosele; una vez logrado se interesará en reconfirmar su atractivo
ampliando el campo de sus conquistas.

En ambos casos, sin embargo, el individuo sufre de una especie de
sobredesarrollo del amor. La relación entre los sexos constituye una pasión
tan intensa que pasa a eclipsar otros intereses en la vida, con el resultado
de que la persona parece en cierto sentido no tener vida propia y volcarse
en su única vocación: la de su familia.
Esto último estaría muy bien si no fuese porque tal aparente vocación alberga
en el fondo una sed amorosa que se disfraza excesivamente de un don.

Naturalmente, nada de esto sería posible si no fuera porque el amor-necesidad
en la persona orgullosa se ve efectivamente encubierto por el amor-dar.
El auto engaño es lo suficientemente perlecto como para que el individuo
se llene con su propio dar,(mas que en el caso de los otros caracteres);
independientemente de lo que pueda recibir del otro, su mismo dar
(que entraña «recibir» la necesidad del otro) confirma su autoimagen de dador:
imagen de gran amante, de gran madre o de persona con sentimientos
muy delicados.

Hasta ahora he hablado predominantemente del amor entre los sexos,
que es la provincia del amor en la que el eneatipo II tiende a especializarse
y donde concentra su forma de dar y su encubierta necesidad de recibir.
Provincia importante suele ser, además, la relación materno-infantil,
propicia para quien se nutre tanto de su propia dadivosidad como de
la necesidad ajena.

Para terminar, sin embargo, pasemos revista al desequilibrio particular en
que se expresan en este carácter los tres amores que contemplábamos
al comienzo del capítulo

Por de pronto es claro que el amor a Dios le interesa relativamente poco.
Aun más allá del amor entre los sexos, su orientaciòn es mas interpersonal
que transpersonal. Poca cabida hay para «objetos ideales» en esta
personalidad tan amante del contacto, para quien el amor se asimila
a lo erótico y a la expresión emocional de la ternura. Su vida amorosa está
hecha de una combinación de amor al prójimo y de amor a sí mismo, sólo que
en esta combinación, como veníamos viendo, el primero enmascara al segundo

En mi libro Enneatype Structures propuse para este fenómeno tan central
en el EII (que parece todo dar y nada recibir) la expresión,
"generosidad egocèntrica". Tal vez podemos decir que el amor por
sí mismo es el mayor ,por cuanto el amor al otro es su transformaciòn
-el resultado de un espejismo por el cual la propia necesidad se proyecta
en parte en el otro y, en parte, simplemente es negada o minimizada ,
en tanto que se enfatiza el don de sì.
En una escala real, el amor al prójimo se situaría en un segundo lugar,
entre el amor a sí mismo y el amor a Dios, pero es el que llama
verdaderamente la atención; tanto es así, que en muchos libro
s norteamericanos que hoy circulan acerca del eneagrama de la
personalidad se designa este carácter como helper, es decir, «uno que ayuda».
Sin embargo, su capacidad incomparable de hacer pasar su necesidad
por abundancia de corazón desinteresada es el primer escollo
en su progreso espjritual y terapéutico

Un cartoon en el que se ve a una negra con un cupido que la ha de ayudar
a meter al explorador en la olla esclarece vivamente el fondo egocéntrico
del amor seductor, ya sea que se manifieste en una «vampiresa» o a través
de un carácter dulce e infantil, como el que Dickens describe en su novela
autobiográfica David Copperfield.
La pequeña Dora, de quien el gran escritor se prendó al sentir en él el eco del
carácter de su madre, sólo proclama que quiere ayudar a su adorado cónyuge,
pero es manifiesta su incapacidad al respecto. En su interés por ayudarlo
termina devorándolo como el amor de una vampiresa. En ambos casos,
el otro se torna esclavo de una gran ansia de amor que necesita ser necesitado.


ENEATIPO VII. AMOR-PLACER
Resulta oportuno una vez más continuar
nuestra exposición con el séptimo enea tipo,
ya que se trata igualmente de un carácter
seductor y cariñoso -sólo que su forma de seducción
es algo diferente y también diferente su forma de amar.

La persona autoindulgente necesita ante todo
un amor indulgente y como aprecia que no se le exija
ni se le pongan límites, también ofrece al otro
permisividad. Tanto es así que La Bruyere,
en su contemplación de los caracteres humanos,
ha llamado la atención sobre uno que parece
empeñarse en cultivarle al otro sus vicios y alabárselos.

Si el amor ideal que busca tanto como ofrece el orgulloso
es un amor-pasión, el ideal amoroso del goloso es algo
más suave, tranquilo y a salvo de problemas.
Un amor agradable que busca el agrado y que podrìa
llamarse un "amor galante"

Viene al caso citar lo que dice Hipolito Taine al comparar esta forma de amor
con aquella exaltada por Bocaccio: «Boccaccio toma el placer en serio;
la pasión en él, aunque física,es vehemente,constante incluso,
frecuentemente rodeada de acontecimientos trágicos y asaz mediocre
para divertir. Nuestras fábulas son alegres de modo muy distinto.
El hombre busca en ellas la diversión, no el disfrute, es jocundo y no
voluptuoso, goloso y no glotón. Toma el amor como un pasatiempo, no como
una embriaguez Es fruto hermoso que recoge, que saborea y que deja
(La Fontaine y sus fábulas, Ed. América Lee, Buenos Aires, 1946.)

Podría decirse que la psicologìa del EVII tiende a una confusiòn entre el amor
y el placer y por lo tanto entre el amor y la no interferencia en el cumplimiento
de los deseos. Pero la expresión amor-placer no evoca plenamente el
fenómeno de ese amor tan liviano de este carácter amable y jovial que
ni quiere pesar sobre el otro ni recibir el peso de nadie.

Bien podría hablarse, alternativamente, de un amor comodidad, lo que
nos invita a evocar tanto el aspecto grato y apacible de esta forma
de vida amorosa como de su limitación.

Una ilustración de la expresión menos que ideal de tal amor-comodidad
nos la proporciona un chiste carioca -lo que me parece apropiado en vista
del espíritu goloso de Río de Janeiro-:
una mujer indignada increpa a su marido diciéndole que la empleada está
embarazada. El marido contesta: «Eso es problema de ella.» La mujer insiste:
«Pero tú la dejaste embarazada» El replica: «Eso es problema mío.»
«y yo, ¿cómo crees que quedo con esto?», insiste la mujer.
El marido, desenfadadamente, responde: «Eso es problema tuyo.»

El que un buscador de placer se bata en retirada ante la persona o situación
que anuncia molestias, compromisos, obligaciones serias o restricciones
es, seguramente, uno de los factores que hace del amor goloso un amor
inestable, siempre exploratorio, sabemos que todo esto aumenta
a medida que las relaciones se prolongan; pero no es el factor único,
puesto que la personalidad del goloso es de por sí curiosa y exploratoria,
y siempre lo lejano le parece más atractivo que lo cercano.
Precisamente, la dificultad de satisfacerse en el aquí y ahora del mundo
real es otro problema importante en la vida amorosa de los «orales optimistas»,
que constantemente los empuja hacia lo ideal, lo imaginario, lo futuro o
lo remoto. Piensan que es el deseo lo que los aleja del presente,
pero es dudoso que esto sea más que una apariencia subjetiva:
mas bien es una implícita insatisfacción lo que motiva su continua huida
hacia lo diferente. Y es que difícilmente el ideal de una dulzura por completo
indulgente que busca el goloso puede darse en la experiencia real más allá
del período de encantamiento de una relación nueva.

La vida tiene sus problemas, y en el mundo físico todo cómputo debe tomar
en consideración el roce. El amor-placer busca relaciones sin roce -y sabe
encontrarlas, sólo que en escasa medida pueden llamarse relaciones.
Lo ilustra elocuentemente un dibujo de William Steig que,
a pesar de no referirse al amor en sí, trata de la relación humana.

Hay en el EVII una actitud amistosa generalizada. Se trata del individuo que
va al restaurante y, al rato, conoce al camarero o a la cocinera; conoce
también a la gente de las tiendas y entra en conversación fácilmente.
Su actitud igualitaria contribuye a ello, y es parte de su carácter amable,
simpático y seductor. ¿Cuál es la base de esto? ¿Camaradería?
Hay un aspecto exploratorio y, además, una búsqueda de novedad y de
experiencias, una búsqueda de posibilidades, de marketing, por parte de quien
está siempre buscando promoverse. Recuerda al hombre de negocios
que busca un mercado y, sea quien sea con quien se encuentre,
quiere conocer la situación para ver si entraña una oportunidad.
También destaca el aspecto de juego: como es una persona lúdica, se acerca
al otro como lo hace un niño respecto a aquél con quien puede jugar.

Puede entenderse el trasfondo de esta no-relación a partir de la información
que nos ofrece el eneagrama sobre este eneatipo; un eneatipo (EVlI) que
se emparenta con el de los antisociales (EVIII), a la vez que lo hace con el de l
os ensimismados y distantes (EV). En la medida en que el goloso se parece
al lujurioso, va por la vida de Don Juan, en busca de una presa, y por más que
se nos muuestre como un galán, lleva dentro de sí al aprovechador y, también,
a un esquizoide más interesado en si mismo que en el otro.
Esta otra forma de egoísmo sería Inaceptable para los demás si no estuviese
compensada por una dosis al menos equivalente de generosidad galante.

Así como el goloso es en general un especialista en hacer aceptable a
los demás sus deseos, también es cierto que en el terreno específico del amor
una persona con este carácter tiene poca dificultad en hacerse conceder
sus gustos, aun cuando entrañen sacrificios y salgan de lo convencional,
como es el caso de la infidelidad.

Recuerdo una historieta de Quino que presentaba a un personaje con
características fisonómicas típicas del charlatán, sentado en su consultorio de
médico rodeado de diplomas. A una anciana que ha venido a consultarlo
(presuntamente por un mal del corazón) le toca ser testigo de las instrucciones
que el joven facultativo le da a su secretaria: «Llame a mi mujer y dígale que
se comunique con mi esposa para ver cómo se pueden poner de acuerdo con
mi señora a propósito de la fiesta de los niños.»
En la viñeta siguiente se ve que la anciana se ha desplomado.

En la discusión que se hace de los rasgos del carácter narcisista en el DSM-III
se pone de relieve el "entitlement", que podría traducirse por un sentirse
con derechos de talento, derechos de superioridad. Pero, sin embargo,
la superioridad que persigue el EVlI en una relación amorosa es diferente
a la de aquellos que van por la vida de importantes y asumen un rol de
autoridad. En este caso se trata de una importancia más sutil:
no solo que espere ser obedecido, sino escuchado.y reconocido como uno
que está enterado. El hombre puede esperar que la mujer sea su público,
por ejemplo, e igualmente ocurre con un padre respecto a su hijo.
Correlativo a la necesidad del charlatàn de ser oido es naturalmente su
no saber oir, aunque puede que el mismo no se percate de esto, ya que ofrece
gran empatìa en su actitud atenta.

También en materia de paternidad, el amor de los automdulgentes es menor de
lo que aparenta ser, debido a su talento persuasivo y su encanto.
Un padre puede apenas estar presente en su hogar y hacerse querer,
sin embargo, a través de regalos y sonrisas, de modo que sus hijos no
se enteren hasta ya crecidos de su ausencia.
En este caso, parte de su ofrenda amorosa será la permisividad -sólo que
a veces los hijos llegan a percibirla como un no querer molestarse e intuyen
que se sentirían más queridos si se les pusiera límites.

Veamos ahora cómo es la distribución de la energía psíquica entre los tres
cauces amorosos, que hemos distinguido anteriormente, en los encantadores.
La jerarquía entre estos tres amores es, por lo general, algo diferente que en
el caso de los orgullosos; en tanto que en aquéllos el amor a lo divino se ve
prácticamente eclipsado por el amor a sí mismo y el amor al otro, en los
golosos se da a menudo una orientación religiosa, y aun cuando ésta
no es el caso, se puede hablar de un amor al ideal o a lo ideal que corresponde
al àmbito del amor a lo divino en la forma àmplia en que estoy entendiendo
èste tèrmino. Precisamente la religiosidad o los afanes espirituales pueden
constituir un escape para las personas con este carácter, por cuanto no sólo
entraña un desatender lo inmediato y lo posible por lo remoto e imposible,
si no por cuanto una dificultad en materia de disciplina y una limitada capacidad
de encararse con las incómodas profundidades de la propia psiquis
hace a menudo de ellos amateurs que se amparan en la espiritualidad
sin entrar en un proceso de transformación profunda.

Con respecto al amor por sí mismo la autoindulgencia del EVlI es algo
así como la de un padre cómodo y seductor más que la de un buen amigo
de sí mismo. Pero naturalmente el amor-placer es un intento de resarcirse
ante un sentimiento más profundo de privación (como indica el movimiento
entre el EV y el EVlI en el eneagrama). Se busca el placer justamente para
huir de la incomodidad psicológica de la angustia y la culpa, y se huye
de éstas en la medida del propio desamor y el autorrechazo

El amor-dar, como hemos implicado ya, es en este carácter, tanto como
en el anterior, cosa de seducción. Se puede decir, por tanto, que es una
amabilidad y una disponibilidad estratégicas. Bien las pintó La Fontaine
en sus fábulas del zorro, que se muestra siempre amable con los objetos
de su deseo. Podemos también hablar de un amor-oportunista.
Como ilustración de él puede servir el título que un humorista dio a uno
de sus libros: Al patrimonio por el matrimonio.


ENEATIPO V. DESAMOR

Decía que hay caracteres aparentemente más amorosos que otros, y he comenzado por
los que lo son en grado más notorio. El que comentaré a continuación es uno
de los que parecen ser menos amorosos.

Nuevamente, si el amor es un atributo de la esencia del ser humano -de su yo
verdadero o núcleo central de su ser, es algo independiente del carácter, sea éste
más dadivoso disponible y afirmador del otro, o más distante duro o crítico; se trata de
diferencias de programación, o de diferencias en la estrategia interpersonal, y por tanto
pertenecientes al mundo del pseudoamor más que al del amor verdadero.

Sin embargo, el hecho de que el esquizoide parezca menos amoroso vale
tanto para el que lo vive desde fuera como para sí mismo: en tanto que a los
histeroides, del ala derecha del eneagrama, les resulta fácil engañarse
con respecto a su propia capacidad amorosa, al más esquizoide de los
caracteres le es más difícil que a nadie engañarse, y puede sufrir
agudamente su incapacidad de relación verdadera con el otro.
Por más que en su tendencia a la autoculpabilización el autista desconozca
la medida del amor espontáneo en su psiquis -desde el punto de vista del
ideal de lo que debería ser o hacer-, es también cierto que su
programación se vuelve contraria a este impulso de unificación con el otro que
Platón nos ofrece en "El banquete", como respuesta a lo que pueda ser el amor.

El caràcter esquizoide es contrario a este impulso de unificaciòn con el otro,
en tanto que alberga una verdadera pasiòn por evitar los vìnculos. Si el amor
supone un interesarse en el otro, el esquizoide <> es aquel que
no se interesa.No sólo expresa poco su cariño, sino que resulta una persona
más fría que las demás, más apática, más indiferente.

Le gusta recibir si, pero no pide porque ha aprendido que pedir puede molestar
y teme que su voracidad le lleve a una mayor frustración que la auto
impuesta frustración de ser paciente. Incluso su deseo de recibir amor está
amortiguado por cuanto se ha acomodado a vivir con lo menos posible,
con las mínimas necesidades que entrañen dependencia de otros y con la
necesidad de dar para recibir. Más aún,tiene dificultad en saber lo que
recibe porque emocional e implìcitamente no cree en el amor mas que el EVIII,
y tiene a pensar que quienes se lo manifiestan lo hacen por sus propios
intereses, conscientes o inconscientes. O bien no cree que sea digno
de recibir amor porque no se siente suficientemente valioso o porque
su propio desinterès por el otro lo lleva a sentir que no da lo suficiente.

Hay, entonces, una no-entrega al amor, no-entrega al otro, no-entrega a
la vida y un sobrecontrol del miedo a la entrega, de la amenaza que
significan las necesidades del otro. En su excesiva intolerancia por las
exigencias o expectativas ajenas, vive el deseo del otro
principalmente como una limitaciòn.

La mas subdesarrollada de las formas del amor es, naturalmente, el amor
tipo maternal, dadivoso y compasivo; el amor al pròjimo se ve aclipsado
por el amor a los ideales y la preocupaciòn por sì mismo. Hay poco
sentimiento de camaraderìa, poco sentimiento de comunidad o fraternidad
con los demás mortales. Es también poca la disponibilidad para con los hijos,
que se ven -más que en el caso de otros caracteres- como un peso, un impedimento.

Otras veces, sin embargo, se da una proyección muy intensa del propio
"niño interior" abandonado en el hijo, y ello lleva a la sobreprotección y a un
apego al hijo que se expresa en una relación muy limitativa para éste. Aunque
egoísta, el avaro también lo es consigo mismo; no se da satisfacciones,
se empuja y siente que debe hacer méritos para darle sentido a la vida

En el amor de pareja, los problemas derivan de su escasa disponibilidad,
de la exigencia de no ser exigido, del aislamiento y la escasa empatía.
Son difíciles las decisiones de convivencia y matrimonio-que conllevan
pérdida de privacidad y de control exclusivo sobre la propia vida
La sexualidad puede no ser intensa y percibirse como una exigencia más
El amor a Dios, cuyas exigencias se hacen menos presentes que las del prójimo,
pasa a sustituir en cierta medida al amor humano, aunque el mismo amor a Dios
se debilita si no está apoyado en una experiencia suficiente del amor humano
y el amor a sí mismo. No obstante, resulta más fácil ,menos conflictivo,
relacionarse con el objeto ideal. Correspondientemente en este caràcter
està mas desarrollado el amor-admiraciòn (amor de hijo a padre) que la generosidad.

ENEATlPO VIII. AMOR AVASALLADOR

Abordando ahora aquellos de la zona superior del eneagrama, veamos la perturbación del
amor en los lujuriosos Si la indiferencia emocional constituye un desamor, sería propio hablar
de atracción lujuriosa más que de amor lujurioso como de un contra-amor.

Como consecuencia de la sed de intensidad, el impulso a la unión sexual reemplaza
más que vehiculiza la unión íntima entre las personas, en tanto que el lujurioso (tal como
dice Stendhal de Don Juan) considera al sexo opuesto como enemigo y sólo busca victorias.
El amor a la manera de Don Juan -reflexiona Maurois- se parece al gusto por la caza.

Es una necesidad de actividad que ha menester ser despertada por objetos
diversos. El amor lujurioso es un amor como en el prototipo del «Don Juan»
original (es decir, el burlador) que antepone su deseo al otro: un amor
que invade, que utiliza, abusa, explota, y que exige a su vez un amor que se
confirme a través del sometimiento y del dejarse explotar. Le cuesta recibir porque no cree en lo que recibe. Porque
en su posición cínica, no cree en el amor del otro, tiene que ponerlo a prueba. Prueba el amor del otro, por ejemplo,
desequilibrándolo y observándolo en situaciones de emergencia, o pidiéndole lo imposible, pidiéndole
el dolor y la indulgencia como demostración de su sinceridad.

Aparte del aspecto excesivamente avasallador del amor lujurioso, hay un
paralelismo de íntima desvinculación que deriva de su gran necesidad de
autonomía. Puesto que se trata de un carácter duro que anda en guerra con
el mundo, es naturalmente difícil que pueda hablarse de amor en el sentido
de unión o relación -excepto en un sentido exterior.
Recibe mal el amor del otro, por más que constituya una defensa de la propia
independencia; niega lo que se le da y niega el deseo mismo de recibirlo, puesto
que significa una invasión de su sistema y entraña el peligro de sentirse débil.

El amor de pareja del EVIII no solamente es invasor, excesivo y avasallador,
sino violento. No podía ser menos, ya que el carácter violento se revela
sobre todo en la intimidad. Aparte de castigador, exigente y provocador,
es antisentimental: busca un amor-contacto, concreto, no emocional, que dura
lo que dura el contacto; un amor en el aquí y ahora, sin compromisos y
con negación de la dependencia, que pone a la persona en relación
con su fragilidad, su inseguridad. El aspecto pseudoamoroso está en lo erótico,
también en una seducción que es como una «compra» del otro o su
indulgencia en ciertas situaciones.

El amor-compasión es negado porque es incompatible con el notorio énfasis
del amor-necesidad. El amor-admiración, sin embargo, está más a mano;
por mucho que la persona sea competitiva, puede reconocer y admirar
intensamente, sobre todo si se trata de modelos fuertes. El amor a sí,
sin embargo, es el más fuerte; el amor al prójimo va en segundo lugar,
a pesar de tratarse de un ser aparentemente antisocial: es contrario a las
normas más que a las personas concretas, y no es tanta como parece la
diferencia entre los eneatipos 1 y VIII en lo que a los impulsos se refiere.

En un caso la agresión está muy racionalizada y se percibe como un servicio
de buenas causas; en el otro se reconoce la agresión como tal, y existe
una especie de inversión de valores por la cual lo bueno se considera
malo y viceversa. Pero hay lazos humanos que van más allá de lo que
se haría en aras de lo que se supone bueno, y la solidaridad social
puede llevar a actitudes de venganza, de reclamo de justicia por el otro,
comparables a tomarse la justicia por su mano cuando se trata de la propia vida.

El amor a Dios o a lo ideal y transpersonal es el más débil de los tres.
El aparente amor a sí mismo del lujurioso se reconoce como un pseudoamor,
si se lo mira desde cerca; porque en la insaciabilidad avasalladora de la
búsqueda de placer, ventaja o poder, la persona no reconoce su propia
necesidad más profunda: el hambre amoroso mismo.
A quien se satisface no es al niño de pecho interior, sino a un adolescente
titánico que se ha propuesto conseguir lo que se le dio en su momento, de tal
forma que su propia fuerza en reclamarlo, pasa a ser un sustituto del deseo amoroso.

ENEATIPO l.--- AMOR SUPERIOR
Escasamente se distinguen en el uso habitual la ira y
el odio, puesto que se llama odio a lo opuesto
del amor. Según esto, la pasión del EI serìa un
antiamor. Su carácter manifiesto, sin embargo, no es ese
"contra-amor" que describimos como propio de
la violencia, el atropello y la explotación del EVIII.

Ya hemos visto cómo el El es un carácter bueno
-entendiendo por ello alguien que no odia, sino que
más bien profesa amor. Así como el amor del EII
es un fenómeno emocional al que le falta acción,
el amor del El està constituido de intenciones
y actos a los que le falta emoción:
un amor poco tierno, duro incluso se diría si
la prohibición de la dureza y un empeño consciente
en ser tierno no lo hicieran menos aparente.

Las personalidades de los eneatipos VIII y I son comparativamente agresivas,
en uno la agresión (valorada) está al desnudo y , en el otro (desvalorada),
negada y en cierto modo sobrecompensada, específicamente en la vida
amorosa y en el aspecto amoroso de las relacione:s y situaciones humanas.
En tanto que el EVIII es un «malo» explotador que exige indulgencia o
complicidad, el El se pone ante el otro de dador, de generoso
y en virtud de ello se sentirá con los correspondientes derechos.
Su agresiòn no desaparece, sin embargo, sino que se metamorfosea en
exigencia y superioridad, en un dominio o control sobre el otro no menor
que en el caso del carácter avasallador -sólo que aquí se disfraza
(ante los ojos del sujeto mismo) de algo justificado por principios
impersonales. Una ilustraciòn de Quino explica el profundo auto engaño
de los «justicieros morales» o perfeccionistas (para distinguirlos de los
justicieros amorales lujuriosos), que disfrazan sus deseos de exigencias
justas presuntamente desinteresadas:
la justicia, que comúnmente se personifica en una mujer cuyos ojos
vendados no distinguen personas ni intereses, lleva una venda sobre uno sólo
de los ojos (que cómicamente nos recuerda el parche del pirata, en la imagen
estereotipada del mismo), y con su poderosa espada corta una tajada de jamón.

La imagen del jamón aquí parece contradecir implícitamente esa pretensión
desinteresada de los puritanos, caricaturizada por Canetti en el retrato de
una vestal incorruptible cuya boca está dedicada exclusivamente al
servicio de las palabras y nunca se corrompe recibiendo algo tan bajo como
los alimentos de los que viven los comunes mortales.

La forma de afirmación de los deseos es, entonces, su transformación en
derechos; y así como los deseos del rebelde se sustentan en su poder bruto,
los del virtuoso se apoyan en su superioridad moral. A tal transformación
del «yo quiero» en «tú debes> aludeQuino en el resto de su cartoon,
que nos muestra, junto a la poderosa mujer entrada en carnes
(que como parodia de la Justicia cortaba el jamón) y sobre una silla alta,
a un juez; Un juez que, por su estatura y el tipo de silla en que está sentado,
así como por la presencia de un juguete en el suelo y su gesto de relamerse
mientras come, es la imagen ,de un niño, tan impotente como poderoso
es el brazo de la justicia.

Aludir a esta perturbación del amor como «amor superior» implica un
«amor inferiorizante»:
el otro, tan beneficiado en apariencia por sus actos benévolos, se ve
privado de calidad moral o estatura espiritual;en cierta medida «vilificado»,
a la vez que controlado y exigido.

La inferiorización del otro se hace a través de la crítica, ya sea la crítíca
explícita y consciente a sus rendimientos, decisiones o actitudes
-has hecho esto o aquello mal- o "no apruebo tal aspecto de tu vida",
como la crítica menos explícita de un no darse por satisfecho ante
manifestaciones del otro que no alcanzan el ideal de excelencia
perfeccionista. Entre los tres amores el mas dominante aquí es
el amor-admiración: el amor a la grandeza, a lo ideal.. El amor al prójimo
va en segundo lugar, por que es un amor en aras de los ideales, un amor
que se ciñe al deber, a la vez que un amor pobre en ternura. Y, más
postergado, se encuentra el amor a sí mismo, inconsciente y negado.

Su moral no permite los propios «deseos egoístas», así como no permite
los ajenos. Se puede hablar en este carácter de una actitud antivida, en vista
del excesivo control represor de los propios impulsos, del tabú de su
instintividad y de la del otro. Ya se trate del amor sobreprotector hacia
los hijos o del amor posesivo hacia la pareja, no sólo hay una pérdida de
espontaneidad en la persona misma, sino una relación que le quita
espontaneidad al otro, quien se ve envuelto en un campo represor invisible.

Este amor, excesivamente condicional, exige méritos inalcanzables y
pierde la espontaneidad. Desconoce su destructividad; asume el rol parental
no para apoyar, sino para interferir con el niño interior del otro.


LAS PERTURBACIONES DEL AMOR
CLAUDIO NARANJO

Capìtulo III
El eneagrama de la sociedad
Temas de Hoy. 1.995

Ilustraciones:
Ira: Doctor Balanzone / Orgullo: Colombina / Vanidad: Florindo /
Cobardìa: Capitàn Spavento / Gula: Arleccino / Lujuria: Brighella /
Pereza: Gianduia / Giorgio Sansoni
Envidia: Rejected lovers, Wiiliam Steig /
Avaricia: Gente en su sitio,Quino.

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© Copyright ana berruete y melchor alzueta. abril 2.002. actualización: - 07/09/2009